viernes, 19 de agosto de 2016

Mi hermana después del cumpleaños

Otra vez sola en la habitación.

Mi mami me metió aquí. Antes nos encerraba a las dos juntas y no era tan malo, pero hace dos semanas que no tengo compañía.

Mi mami dice que lo hace por mi bien, pero la oscuridad me da miedo, aunque todo pasó a ser secundario después de que mi hermana dejó de ser la misma. Ella es tres años mayor que yo, pero crecimos siendo muy unidas. Compartíamos las muñecas y cuando nos encerraba aquí nos gustaba inventar historias. Las de Marian eran mejores que las mías, eran relatos de amor y, a veces, aunque no con frecuencia, me contaba alguno de terror.

Pero todo cambió luego de su cumpleaños, porque ella, sin ninguna razón aparente, dejó de hablarme, incluso me atrevería a decir que actúa como si no me conociera y, aunque se ha puesto increíblemente hermosa, ya no sonríe, está muy pálida y no come.

—Camila —me llamó cierta tarde mi mami cuando estaba en el patio; ese día había peleado con Marian—. Llegará el momento en que tu hermana dejará de jugar con muñecas y querrá hacer otras cosas ella sola.

Siempre temí a que esas palabras se hicieran realidad y traté de convencerme de que crecer no debía ser una excusa para dejar de hablarme. Por lo tanto, sospecho que aquello que se hace pasar por mi hermana ahora era otra cosa, algo malo. Una razón que me hace pensar que ella no es mi hermana son los gritos. Las últimas tres veces que no me dejaban salir de aquí la oí pegar unos chillidos horribles, como de dolor, cerca de la puerta de la habitación donde me encuentro ahora, y la última vez venían acompañados de golpes duros que hacían vibrar las paredes. No solo me dan miedo, sino, que también me provocan mucha ira.

Dios, allí están otra vez esos espeluznantes chillidos, más fuertes y cercanos que la vez anterior.
—Camila —habla mi mami—.  Camila, no dejes que entre.

—¿Mami? —Me arrimo a la puerta para intentar escuchar algo—. ¿Estás ahí?

Entonces, unos fuertes golpes azotan la puerta y junto a ellos los gritos de mi mami. Retrocedo y me tropiezo, caigo de espaldas y me golpeo muy fuerte en la cabeza. En el piso, algo mareada, pienso inmediatamente en eso, en la ladrona que está atacando a mi mamá, pero casi no me puedo mover. Giro un poco la cabeza y noto como la manija de la puerta se mueve con violencia. El sonido que eso produce me taladra la cabeza y me dan nauseas. Tengo miedo porque la puerta se abre. Cierro los ojos y pego un grito con todas mis fuerzas.

Luego de eso todo es oscuridad y dolor. ¿Donde estas, Marian?», pienso. «¿Cuándo te alejaste de mi?».

—Duele mucho —pronuncio con debilidad—. Desde que me abandonaste solo hay dolor en mi alma.

—No tengas miedo —me responde una voz desconocida. Se escucha como una mujer mayor, pero no era mi mami—. Sé que estas confundida, pero vengo a quitar tu pesar.

Abro los ojos y veo a una señora de unos sesenta años, está llorando y me observa fijamente.
—¿Quién eres? —pregunto, nerviosa.

—Cami, soy Marian, tu hermana.

Mi corazón da un vuelco y me nacen fuerzas para levantarme con los codos y echarme para atrás.
—Princesa, hace cincuenta y dos años que estás siendo atormentada por el horror que viviste aquella noche en mi cumpleaños.

Comienzan a llegar a mi mente imágenes de un pastel, de Marian soplando las velas, de un hombre ebrio que golpea el rostro de mi mami en frente de nosotras. Veo como ella nos esconde en la habitación y él va por ella para atacarla de nuevo.

—Estoy aquí porque ya sé cómo liberarte de ese recuerdo—. Me dice la mujer que llora frente a mí.

Un último resplandor en mi mente me muestra cómo al abrirse la puerta esta me golpea y me tira contra la esquina de la cama, entonces me descubro sobre un charco de sangre. Advierto al sujeto asustado, no estoy segura de que sea mi padre. Giro la mirada y veo a mi hermana, todavía una niña, llorando mientras me contempla desde el otro lado del cuarto.

—Te dejo ir Camila, mi pena te ha mantenido atrapada en este lugar. Necesitas descansar, al igual que yo—. La señora me sonríe y logro ver a mi hermana escondida tras esa red de arrugas.

Le devuelvo la sonrisa y no hay más dolor.

Es hora de descansar.

martes, 12 de abril de 2016

El secreto del pueblo




DemasiadaFiccion

El lunes veintiuno de septiembre despertó para los habitantes del pueblo de El Alto con el cielo nublado y grisáceo. El meteorólogo del noticiero de radio había pronosticado un día soleado con fuertes vientos en dirección al este, pero había errado otra vez.

Richard Ramos, que había pasado el fin de semana en cama, salió de su casa, pálido y enfermo, a comprar unas aspirinas a la farmacia de Henry. Su anciana madre se encontraba tendida en el sótano detrás de las bolsas negras que guardaban los adornos navideños. Y una araña se metía silenciosa por su nariz oscura y helada.

—Eh, flaco, ¿qué tienes bueno para el dolor de cabeza?

El farmacéutico miró el cutis pálido y las profundas ojeras de su cliente.

—Oye, ¿todavía te alcanza para las quince botellas? —rio.

—Qué va —respondió Richard con cierta indiferencia—. Debe ser gripe o una de esas virosis de mierda que están dando. —Se sentía débil, desganado y con la cabeza vacía.

El jvendedor calmó la expresión burlona de su cara y fue hasta el almacén. Salió de allí con una caja en las manos y la golpeó contra la mesa del mostrador como si la estuviera apostando. 

—Broxilford. Toma una ahora y la segunda dentro de seis horas.

—¿No tienes un poco de agua?  —El farmacéutico asintió y le pasó un vaso cónico de papel—. Tengo la garganta encendida —agregó, frotándose el cuello. Se lanzó la tableta a la boca y tomó un buche de agua. El broxilford pasó por la garganta con un sabor amargo como un cristal de sábila.

—Eso te ayudará. —El vendedor flexionó uno de los codos y se apoyó sobre el cristal del mostrador—. ¿Qué te pasó aquí? —preguntó, palpándose la tráquea.

—Esto…, ah, me corté cuando me rasuraba. No es gran cosa, no me di cuenta hasta después. —Arrugó la cara—. ¡Mierda! Dame otro vaso de agua, esta pastilla es muy amarga.

—No somos caridad, Richard, puedes tomar limonada en tu casa si quieres, te queda a dos cuadras.

—¡Menuda suerte! —exclamó con sarcasmo y se alejó del mostrador.

Afuera las nubes abandonaban el techo del pueblo y la luz del día lentamente abarcaba su terreno.

—¡Oye! —gritó el farmacéutico desde atrás—. Se me había olvidado. —Le pasó una pequeña bolsa de papel marrón—. Lo encargó tu mamá hace tres días.

Richard se acercó y miró en su interior.

—Me gustaría apostar a que ya la pagó.

—Perderías.

—Cuando no, la vieja. —Richard sacó el dinero del bolsillo.

—No inventes, es una santa.

—Ese es el mayor problema. El viernes, cuando llegué del trabajo, la encontré en la sala hablando con dos testigos de Jehová. ¡Puedes creerlo! Los tipos pudieron llevarse los muebles, dejar a mi madre atada con una nota pegada en la frente e irse sin ningún problema.

—¿Qué crees que diría la hipotética nota?

—Yo que sé, no soy un jodido ladrón.

—Ya veo. Al parecer sigue habiendo gente honesta por ahí. ¿De qué te hablaron?

Richard encogió los hombros, mostrando un pequeño gesto de dolor mientras pensaba; todavía tenía el mal sabor de boca y hacía demasiado calor.

—No recuerdo — respondió con una mueca extrañada, y se rascó la herida en el cuello. El dueño de la farmacia frunció las cejas.

—Espera. ¿A qué hora llegas de trabajar?

—A las seis, como todos. Creo que te lo comenté una vez.

—Y tu mamá los dejó entrar a esa hora.

—A los testigos de Jehová. Mierda, sí. Parece que ahora tienen horarios nocturno los muy cabrones.

El farmacéutico tragó saliva y apartó las manos de encima del mostrador.

—Richard, ya debes irte a tu casa. Te veo muy mal, amigo mío.

—Sí, tienes razón. Seguro te veo pronto. Hablamos.

Jesucristo, espero que no, pensó el vendedor alejándose del mostrador.

Eran las nueve de la mañana cuando Richard salió de la farmacia para dirigirse a su casa. Dos pasos afuera, su cuerpo se envolvió en una enorme antorcha de fuego que despertó los gritos de las señoras que pasaban por la calle. Los hijos del zapatero —Jesús y Ronald— apagaron la llamarada con tobos de agua dulce expulsada por la bomba de su casa. El farmacéutico no salió del local hasta después del intento de rescate de los muchachos. Mientras todo pasaba, él realizó una llamada de emergencia hacia la casa del padre Fernando, cabeza de la iglesia católica San Pedro —ubicada frente a la plaza del pueblo—. Y para la tarde de ese día ya todos se habían enterado de cómo el sujeto, totalmente negro y consumido hasta los huesos, seguía moviéndose y balbuceando con dificultad «Tengo sed».

Siete días después hallaron a la madre. Para ese entonces, en El Alto nadie salía después de las seis ni dejaban entrar a nadie a sus casas. La anciana dormía para siempre en el centro de una pila enorme de heno en lo alto de un corral, con el pelo lleno de paja. La encontraron al final de una fila de cerdos desangrados, ocultándose del sol de verano.


Ambos fueron enterrados en el cementerio viejo del pueblo, con la boca llena de ajo y tomillo silvestre. Jamás volvieron a levantarse. Y no fueron los únicos.