martes, 12 de abril de 2016

El secreto del pueblo




DemasiadaFiccion

El lunes veintiuno de septiembre despertó para los habitantes del pueblo de El Alto con el cielo nublado y grisáceo. El meteorólogo del noticiero de radio había pronosticado un día soleado con fuertes vientos en dirección al este, pero había errado otra vez.

Richard Ramos, que había pasado el fin de semana en cama, salió de su casa, pálido y enfermo, a comprar unas aspirinas a la farmacia de Henry. Su anciana madre se encontraba tendida en el sótano detrás de las bolsas negras que guardaban los adornos navideños. Y una araña se metía silenciosa por su nariz oscura y helada.

—Eh, flaco, ¿qué tienes bueno para el dolor de cabeza?

El farmacéutico miró el cutis pálido y las profundas ojeras de su cliente.

—Oye, ¿todavía te alcanza para las quince botellas? —rio.

—Qué va —respondió Richard con cierta indiferencia—. Debe ser gripe o una de esas virosis de mierda que están dando. —Se sentía débil, desganado y con la cabeza vacía.

El jvendedor calmó la expresión burlona de su cara y fue hasta el almacén. Salió de allí con una caja en las manos y la golpeó contra la mesa del mostrador como si la estuviera apostando. 

—Broxilford. Toma una ahora y la segunda dentro de seis horas.

—¿No tienes un poco de agua?  —El farmacéutico asintió y le pasó un vaso cónico de papel—. Tengo la garganta encendida —agregó, frotándose el cuello. Se lanzó la tableta a la boca y tomó un buche de agua. El broxilford pasó por la garganta con un sabor amargo como un cristal de sábila.

—Eso te ayudará. —El vendedor flexionó uno de los codos y se apoyó sobre el cristal del mostrador—. ¿Qué te pasó aquí? —preguntó, palpándose la tráquea.

—Esto…, ah, me corté cuando me rasuraba. No es gran cosa, no me di cuenta hasta después. —Arrugó la cara—. ¡Mierda! Dame otro vaso de agua, esta pastilla es muy amarga.

—No somos caridad, Richard, puedes tomar limonada en tu casa si quieres, te queda a dos cuadras.

—¡Menuda suerte! —exclamó con sarcasmo y se alejó del mostrador.

Afuera las nubes abandonaban el techo del pueblo y la luz del día lentamente abarcaba su terreno.

—¡Oye! —gritó el farmacéutico desde atrás—. Se me había olvidado. —Le pasó una pequeña bolsa de papel marrón—. Lo encargó tu mamá hace tres días.

Richard se acercó y miró en su interior.

—Me gustaría apostar a que ya la pagó.

—Perderías.

—Cuando no, la vieja. —Richard sacó el dinero del bolsillo.

—No inventes, es una santa.

—Ese es el mayor problema. El viernes, cuando llegué del trabajo, la encontré en la sala hablando con dos testigos de Jehová. ¡Puedes creerlo! Los tipos pudieron llevarse los muebles, dejar a mi madre atada con una nota pegada en la frente e irse sin ningún problema.

—¿Qué crees que diría la hipotética nota?

—Yo que sé, no soy un jodido ladrón.

—Ya veo. Al parecer sigue habiendo gente honesta por ahí. ¿De qué te hablaron?

Richard encogió los hombros, mostrando un pequeño gesto de dolor mientras pensaba; todavía tenía el mal sabor de boca y hacía demasiado calor.

—No recuerdo — respondió con una mueca extrañada, y se rascó la herida en el cuello. El dueño de la farmacia frunció las cejas.

—Espera. ¿A qué hora llegas de trabajar?

—A las seis, como todos. Creo que te lo comenté una vez.

—Y tu mamá los dejó entrar a esa hora.

—A los testigos de Jehová. Mierda, sí. Parece que ahora tienen horarios nocturno los muy cabrones.

El farmacéutico tragó saliva y apartó las manos de encima del mostrador.

—Richard, ya debes irte a tu casa. Te veo muy mal, amigo mío.

—Sí, tienes razón. Seguro te veo pronto. Hablamos.

Jesucristo, espero que no, pensó el vendedor alejándose del mostrador.

Eran las nueve de la mañana cuando Richard salió de la farmacia para dirigirse a su casa. Dos pasos afuera, su cuerpo se envolvió en una enorme antorcha de fuego que despertó los gritos de las señoras que pasaban por la calle. Los hijos del zapatero —Jesús y Ronald— apagaron la llamarada con tobos de agua dulce expulsada por la bomba de su casa. El farmacéutico no salió del local hasta después del intento de rescate de los muchachos. Mientras todo pasaba, él realizó una llamada de emergencia hacia la casa del padre Fernando, cabeza de la iglesia católica San Pedro —ubicada frente a la plaza del pueblo—. Y para la tarde de ese día ya todos se habían enterado de cómo el sujeto, totalmente negro y consumido hasta los huesos, seguía moviéndose y balbuceando con dificultad «Tengo sed».

Siete días después hallaron a la madre. Para ese entonces, en El Alto nadie salía después de las seis ni dejaban entrar a nadie a sus casas. La anciana dormía para siempre en el centro de una pila enorme de heno en lo alto de un corral, con el pelo lleno de paja. La encontraron al final de una fila de cerdos desangrados, ocultándose del sol de verano.


Ambos fueron enterrados en el cementerio viejo del pueblo, con la boca llena de ajo y tomillo silvestre. Jamás volvieron a levantarse. Y no fueron los únicos. 

viernes, 6 de enero de 2012



Un regalo inolvidable
Por Leonardo Chirinos

     Ester aguardaba a los invitados en la sala, observando como las luces del árbol navideño parpadeaban pausadamente de una manera casi hipnótica. Mientras, la canción «Noche de paz» entonaba de fondo.

     Dentro del apartamento un tenue resplandor dorado alcanzaba cada rincón, acompañado por el exquisito aroma del pavo que aguardaba en el horno. Ella lucía un espléndido vestido azul rey que le había costado un ojo de la cara, pero de eso se trataba la Navidad, de gastar, gastar y gastar. Y precisamente eso había hecho en la semana al comprar los preparativos para su fiesta, la misma que realizó con éxito por tres años consecutivos en su apartamento; y este año no sería la excepción.

     —Ya deben estar por llegar — dijo al ver la hora en su lujoso reloj de pulsera. Era las veinte y quince.

     Se dirigió a la mesa de los bocadillos y se sirvió un poco de ponche, cuando dio el primer sorbo sonó el timbre de la puerta, colocó el vaso de nuevo en la mesa y planchó las arrugas del vestido con las manos, entonces el timbre sonó impaciente dos veces más.

     —Ya voy —gritó la chica.

     Se apresuró y observó por la mirilla de la puerta, nadie se encontraba del otro lado. Ester frunció el ceño y abrió lentamente, observó por la ranura de la puerta y se sorprendió al ver un regalo aguardando en el tapiz del pasillo. Su barbilla se desprendió de emoción al notar la tarjeta que yacía junto al lazo rojo del paquete: «Para Ester, por una navidad inolvidable». Debajo de la frase se hallaba un pequeño corazón dibujado con crayón. Su corazón comenzó a acelerarse y su mente alumbró dos pensamientos en rápida sucesión. El primero: Aquel «Santa secreto» que la había estado sorprendiendo con regalos durante toda la semana, y quien esperaba conocer esa noche en la fiesta, dejó el regalo en su puerta para cerrar el juego con broche de oro. Y el segundo: La odiosa señora que tenía por vecina y siempre se quejaba por el «odioso» escándalo de sus celebraciones, por fin había decidido cumplir su amenaza de arruinar alguna de sus fiestas dejando el paquete en su puerta para que cuando lo abriera alguna distorsionada broma acabara con todos sus planes. Aunque el primero parecía ser el más obvio. La tentación de abrir el regalo era arrolladora y estaba dispuesta a asumir las consecuencias.

     Llevó el regalo hacia la mesa de la cocina y lo primero que notó fue el peso, era algo que no lograba mantenerse estable y se acunaba hacia los lados como si la caja fuera demasiado grande para lo que estuviera dentro. Lo siguiente que notó fue la manera en que se balanceaba de un lado al otro, no rodaba ni se deslizaba como un objeto inanimado, esa cosa parecía moverse como un pequeño hombrecito dentro de la caja. Al colocar el regalo sobre la mesa la chica observó detenidamente hacia la caja y consideró una vez más la hipótesis que tenia acerca de la «Vecina» y el «Santa secreto».

     Comenzó a desanudar el lazo y de pronto dio un respingo con el sonido del teléfono a su espalda. Giró llevando las manos hasta su pecho y dando un enorme suspiro, se aproximó y contestó.

      —¿Quién habla?
     —¿Ester? Es Sergio. —Al escuchar la cálida voz del joven, formó una sonrisa que reflejó al igual que una chica de quince años su atracción por él. (Estaba casi segura de que era su «Santa Secreto»)     —. Estoy con los muchachos y estamos en camino, hay un tráfico tremendo en la avenida y de seguro tardaremos un poco.
     —Está bien. Angie está en camino, nos falta…

     El llanto de un bebé comenzó a escucharse dentro el paquete que residía en la mesa y Ester quedó petrificada sin prestar atención a las palabras que Sergio emitía al otro lado de la línea, soltó el teléfono y luego la llamada se cortó. El aliento de Ester se aceleró y por un instante la sensación de salir corriendo por la puerta se apoderó de ella.

     —¿Qué pasa nena? ¿No eres capaz de ayudar a un niño indefenso? —Expresó una voz ronca y grasosa dentro de la caja— Eres una maldita sin corazón que prefiere gastar el dinero en ropa cara y fiestas que ayudar a los niños en Navidad.  

     —Yo… yo. —por un segundo Ester quiso contestar en su defensa como acostumbraba hacer, pero recordó que aquello que le hablaba no podía ser humano, y si lo era no tenia buenas intenciones para con ella.
     —Solo usas tu corazón para bombear sangre y tener vida, perra desagradecida, pero no te lo mereces y por eso he venido a arrancártelo del pecho.

   Ester comenzó a llorar y retrocedió sin apartar la vista de la caja.

     —¡¿A dónde quieres ir?! —Le gritó la voz de la caja y Ester soltó un breve alarido—. ¿No quieres verme a la cara?

     La tapa de la caja salió volando y una criatura pequeña y deforme salto de ella hacia el ventilador de techo, incrustó las garras en una de las aspas y soltó una indiscreta carcajada masculina mientras giraba con el ventilador. Ester soltó un grito tremendo y atravesó la sala corriendo en dirección a la puerta. La bestia de color sangre soltó el ventilador y el impulso lo lanzó directo hacia Ester tumbándola al suelo, allí se montó sobre ella y comenzó a rasgar su pecho con unas arrugadas manos como de una anciana de donde surgían una largas y afiladas uñas que destrozaban la fina piel de la chica.

     —Me comeré tu maldito corazón y luego lo cagare en el infierno —gritó con una segunda voz que surgió de su boca, mientras que la primera seguía riendo a carcajadas.

     —¡No! —gritó Ester, entonces agarró la ardiente piel de la criatura y la lanzo lo más fuerte que pudo al otro extremo de la sala.

     Se levantó presionando su pecho con la mano y se dio cuenta que el impulso de la bestia la había lanzado hasta la mesa de bocadillos, miró a su alrededor y toda la habitación se encontraba vacía. Mientras Ester observaba a cada extremo de la sala, la indomable agitación de su jadeo lastimaba la herida de su pecho y aceleraba la hemorragia. De pronto, un constante golpeteo en el techo se intensificó. Al detenerse a mirar arriba, la criatura salto encima de ella tumbándola sobre la mesa y continuó rasgándole el pecho. Una de las botellas de ponche se quebró cerca de la mano quemada de Ester cortándole uno de los dedos, entonces agarró el afilado trozo de vidrio y se lo clavó en la espalda al pequeño monstruo. Este la soltó y comenzó a chillar de dolor mientras intentaba sacar el vidrio del espinazo. Ester se levantó y comenzó a correr de nuevo hacia la puerta, pero un olor a quemado la hizo detenerse, fue allí cuando decidió dejar de correr. Cambió su dirección atravesando las cortinas de la cocina, agarro uno de los cuchillos y tiró el resto al basurero, escondió el arma blanca en su espalda y esperó mirando fijamente a la entrada de la cocina.

     Los chillidos continuaron detrás de la cortina y luego dominó el silencio. Ester presionó con fuerza el mango del cuchillo y dio un gran suspiro.

    —Te estoy esperando, bestia horrorosa.

     Volvió el golpeteo del techo y de pronto la criatura asomo la cabeza por uno de los extremos de la cortina observando odiosamente a la chica con sus espeluznantes ojos verdosos. La bestia tomó impulso y se lanzó hacia Ester, ella se apartó a un lado y abrió la portilla del horno, la criatura cayó dentro sobre el chamuscado pavo navideño, allí comenzó a gritar con distintas voces a la vez: un niño llorando, un hombre gritando de dolor; también se podían distinguir maldiciones en distintos idiomas y silbidos de pájaros. Ester bajó la intensidad de calor dentro del horno para ver cómo la criatura escribía un nombre en la ventanilla:«Raquel». Era el nombre de su vecina. Una rabia descomunal creció desde lo más profundo de su corazón, vació el basurero de la cocina y metió a la criatura agotada en su interior.

     Sergio, Angie y el resto de los chicos se encontraron en la puerta del apartamento de Ester y uno de ellos tocó el timbre. Al abrirse la puerta quedaron sorprendidos al ver el macabro aspecto que ella lucia. La mayor parte de su cuerpo estaba ensangrentada y el costoso vestido se encontraba destrozado. Una espantosa herida cubría su pecho y con su brazo derecho sostenía el basurero sellado, en cuyo interior algo parecía golpear incontrolablemente. Su rostro expresaba una ira temible que intimidó a todos los chicos. Comenzó a caminar entre ellos y ninguno se interpuso en su camino.

     —E... ¿Ester?, ¿a dónde vas? —preguntó Sergio. La chica no volteó para mirarlo a los ojos.
     —Voy a visitar a mi vecina y darle un regalo que nunca olvidará.

                                                                             
                                                           Fin

Diciembre 19, 2011 


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Este relato formó parte del séptimo ejercicio del Taller Comunitario de Literatura organizado en la pagina de facebook (que ahora también cuenta con un excelente blog) llamado El Edén De Los Novelistas Brutos. Dicho ejercicio consistía en la redacción de un relato navideño el cual debía ser protagonizado por uno de nuestros compañeros de la pagina (en mi caso el de mi compañera Ester Ca Mu) como parte de una dinámica titulada «Santa Secreto»

domingo, 4 de diciembre de 2011


La Cabaña
Por Leonardo Chirinos

     La herida no paraba de sangrar y presionaba fuerte con mi mano sobre ella mientras cruzaba el oscuro prado en dirección a la cabaña, guiándome prácticamente por instinto. De forma casi imperceptible, mi paso se aceleraba hasta convertirse en un trote chueco, el cual me hizo caer al suelo más de una vez, y cuando eso ocurría giraba presto, cauteloso de ser acechado por aquella bestia, la misma que de un mordisco me había arrancado un pedazo de piel del brazo que en esos momentos debía estar consumiéndose en sus inhumanas entrañas. Pero al escrutar solo encontraba niebla, una espesa bruma que se movía con sigilo en la oscuridad, como si la maldad en su estado más puro se cerniera sobre mí y de forma veloz me incorporaba y continuaba el camino.
Cada paso que daba era como un salto de fe, solo contaba con la luz de la luna, y la niebla me había ocultado el pasaje a casa. Si había errado en la dirección, si mis pasos me llevaban al bosque, estaría cavando mi propia tumba. Pero no podía pensar en ello, no se trataba solo de mí, Diana me esperaba en casa, el único ser que me ha acompañado todo este tiempo y ha soportado mi mala conducta. Se trataba de ella, y si no llegaba antes que esa cosa hambrienta que rondaba en la niebla, estaría en terrible peligro.
     «Papá», susurraron a mi espalda y sentí cómo el sonido palideció mi piel al igual que un soplido extingue una vela. El frío poseyó mi cuerpo y desde entonces jamás lo abandonó. Giré aterrado y pude ver a distancia una sombra oscilaba hacia los lados con suma lentitud.

            —¡Tu no eres mi hijo! — grité y las palabras se extendieron por la noche en un lamento —Lo sepulté hace un año — agregué en un murmullo que solo yo pude escuchar, como si no estuviera convencido de su muerte.

     Un agudo dolor inyectaba mis articulaciones con cada leve movimiento que hacia y mis piernas con el tiempo se volvía mas pesadas, el abdomen se encontraba rígido presionando el ardor que crecía dentro de mi estomago. Luego de unos minutos milagrosamente un resplandor amarillento se comenzó a ver a través de la espesura de la niebla, formando la silueta curveada de una colina no muy alta, detrás de ella estaba la cabaña. Me apresuré para subir por ella y cuando por fin divisé el umbral un latido de dolor apuñaleo la herida y me tumbo hasta el suelo, la punzada parecía tener vida propia y se extendía por mis venas como un veneno maligno pero yo solo observaba la cabaña y lo cerca que estaba de llegar a ella, en ese momento no existía sentimiento mas doloroso que el de no terminar el sendero, aquella imagen de la cabaña se volvió encharcada por las lagrimas y solo una pregunta recorría mi mente «¿Por qué no pude ser mas fuerte?».

     Permanecí estático por unos segundos y cuando la resignación comenzaba a invadir mi mente el dolor cedió. Al momento en que pude flexionar las extremidades me levanté y continué, esta vez no presionaba la herida porque la hemorragia ya había cesado. Cuando me encontraba a solo un par de metros de la casa, Diana surgió por la puerta y corrió a toda velocidad hasta mí. Al llegar a mi regazo acaricié su brazo tibio lentamente tiñendo de rojo su pálida piel.
  
      —¡Estás ardiendo! — me expresó alarmada, se aparto de mi y observó la herida en el brazo — ¿Que te hiso esto?
        —Sinceramente, no estoy seguro cariño — le dije y formé una mueca burlona. — Tenemos que entrar.

    La halé hasta la puerta; estiré mi brazo hasta el interruptor del poste y un reflejo me hizo voltear hacia la colina, la niebla empezaba a dibujar la silueta que lánguidamente cabeceaba hacia los lados. Aquella criatura había gozado de mi sabor y ya sabía dónde encontrarme. Apagué la luz del pórtico y cerré la puerta con llave.
Atravesé cojeando la sala de la casa hacia el interruptor y dejé él cuarto en total oscuridad.
       — ¿Qué pasa allá afuera? ¿Por qué apagas las luces? — Preguntó preocupada.
      —La cosa que me hiso esto — Le mostré el brazo — está allá afuera Diana y si no hacemos algo. Si le damos la oportunidad esa cosa es capaz de matarnos—. Su mandíbula inferior se desprendió del resto de su rostro y cubrió sus labios rojos con la mano.
            — Pe... ¿Pero donde esta tu escopeta? — preguntó.
Limpié el sudor de mi frente — La perdí cuando me atacó — contesté sin poder verla a los ojos.
            — ¿Pudiste ver como era?
            —Diana, cualquier cosa que diga traerá mas preguntas y créeme, este no es el momento.
            —Pero quiero saber si se trata de un oso o…
            —No, no es un oso — intervine y comencé a proyectar la aterradora la escena en mi mente — no recuerdo muy bien pero entre el forcejeo por un instante creí que era nuestro hi…

Un fuerte golpe en la puerta principal hiso vibrar la madera polvorienta de piso y un reflejo no obligó a inclinarnos al mismo tiempo.

            — ¡Sube a la habitación y apaga las luces yo te alcanzo enseguida! — le grité en susurros.
            —No puedo — balbuceó con las manos cubriendo su boca.
            — ¡Si, si puedes! Ve, que yo buscaré algo para defendernos.

      Ella accedió a la orden y yo crucé de nuevo la oscuridad de la sala atenta de los golpes que la bestia formaba desde afuera, llegué a la cocina, golpeé el interruptor con la palma de la mano y en un parpadeo la habitación se tiñó de negro. A su vez, la luz azulada de la luna, la cual entraba por la ventanilla de la cocina se intensificó y una detestable e indomable intriga me impulsó a mirar hacia afuera. Lentamente comencé a avanzar y relajar los músculos. Llegué hasta la ventana y el resplandor lunar contrajo mi pupila. Al asomarme pude ver cómo la niebla danzaba de forma pesada y lúgubre alrededor de la casa detrás de ella comencé a observar la sombra de unas personas que se aproximaban, la esperanza comenzó a agarrar color en mi futuro hasta notar la pesadumbre y sigilo de su andar.

     El ardor en mi estomago se incrementó, caí al suelo y comencé a vomitar, cuanto terminé limpie la boca con mi mano y observe bajo el débil resplandor que surgía de la ventana los dedos manchados de sangre, abrí la llave del fregadero y me lavé horrorizado, giré presto, agarré un cuchillo de cocina que atravesaba el borde de la mesa de madera y comencé a caminar hacia la habitación, llegue a las escalera y comencé a subir sobre las rechinantes tablas de la escalera, la luz de la habitación continuaba encendida. Mi respiración se volvió tan acelerada que el oxigeno no parecía suficiente para mantenerme con vida y el miedo volvió a nublar mi mente

            —Dios, no quiero morir. No esta noche —supliqué en un susurro—.Sé que moriré, pero esta noche no. Esta noche es mía.

    Los golpes de la puesta se habían multiplicado y el estruendo dentro de la casa se convirtió por unos instantes en música de fondo para aquella pesadilla que estábamos viviendo, la mano que sostenía el cuchillo dio un vuelco y me hiso caer adolorido sobre las escalera, luego cada una de mi extremidades comenzó a hacer lo mismo y empecé a golpearme descontroladamente con los escalones, la pared y las rendijas de la escalera, todo a mi alrededor se cubrió de sangre y luego solo hubo oscuridad.

    Unos segundos después me levanté del charco de sangre que había vomitado sobre las escaleras y comencé a caminar hacia la puerta de la habitación observando todo a mi alrededor, nada se veía como antes, nada se escuchaba como antes ni tenia la esencia de antes, golpee la puerta de madera, no podía sentir mi lengua al igual que otras partes de mi cuerpo pero lo mas importante ya no había dolor, Diana abrió la puerta de par en par y me observó pasmada, mi estomago se retorcía como una criatura descontrolada llevando a mi mente solo una orden: Come.
Me lance sobre Diana, incrusté mis dientes sobre la apetitosa piel de su cuello y la arranque de un mordisco, por unos minutos sus gritos alcanzaron cada rincón de la cabaña intensificando los golpes de aquellos que intentaban entrar, pero luego calló con un ahogo y pude sentir como su corazón dejó de latir cuando trituraba uno de sus dedos con los caninos, lleve mi mano hasta la boca y saqué el anillo dorado de compromiso «hasta que la muerte nos separe» se grababa en su interior, lo tiré al suelo y seguí con mi festín.

    Luego de una hora bajé tambaleando las escaleras, toda la casa a mi alrededor se movía de un lado al otro al igual que un barco en una tormenta y me hacia golpeaba continuamente los muros, los golpes continuaban en las paredes de la casa, pero no sentía miedo ni dolor, no había alegría ni rabia, mis actos eran gobernados por el instinto y una gran parte de la conciencia había desaparecido.

    Abrí la puerta y vi el rostro cadavérico de aquel que una ves fue mi hijo, este me devolvió la mirada por unos segundo pero giró y comenzó a andar en dirección al fuerte resplandor que se percibía detrás del bosque,  juntó a él lo acompañaban otros que hacia tiempo fueron sepultados y todos comenzaron a caminar detrás de él. El pueblo estaba en fiesta y muchos borrachos tambaleaban por las calles, los jóvenes fornicaban escondidos por el bosque y los niños dormían indefensos en sus camas. Mi estomago comenzó a retorcerse de nuevo y el hambre volvió aun mas intenso, la poca cordura que tenia desapareció y comencé a caminar con el resto en dirección al pueblo acompañado de la niebla a través los arboles. Hacia nuestro gran banquete.

FIN
Noviembre 16, 2011





miércoles, 3 de agosto de 2011

Con aroma a vino.





    La viuda reía en el gran salón, sus carcajadas rebotaban en las paredes convirtiéndose en lamentos que paseaban por la casa. Con su pálida mano hacía girar una copa frente a sus cristalizados ojos. La aproximó a su nariz y aspiró el aroma del espeso líquido rojizo atrapado en el costoso cristal. Llevó la copa hasta sus labios y tomó de ella dejando escapar la bebida por la comisura de sus labios.  Junto a la mujer estaba el robusto cadáver de su esposo con una enorme herida en su garganta de donde manaba el espeso líquido con aroma a vino.