domingo, 4 de diciembre de 2011


La Cabaña
Por Leonardo Chirinos

     La herida no paraba de sangrar y presionaba fuerte con mi mano sobre ella mientras cruzaba el oscuro prado en dirección a la cabaña, guiándome prácticamente por instinto. De forma casi imperceptible, mi paso se aceleraba hasta convertirse en un trote chueco, el cual me hizo caer al suelo más de una vez, y cuando eso ocurría giraba presto, cauteloso de ser acechado por aquella bestia, la misma que de un mordisco me había arrancado un pedazo de piel del brazo que en esos momentos debía estar consumiéndose en sus inhumanas entrañas. Pero al escrutar solo encontraba niebla, una espesa bruma que se movía con sigilo en la oscuridad, como si la maldad en su estado más puro se cerniera sobre mí y de forma veloz me incorporaba y continuaba el camino.
Cada paso que daba era como un salto de fe, solo contaba con la luz de la luna, y la niebla me había ocultado el pasaje a casa. Si había errado en la dirección, si mis pasos me llevaban al bosque, estaría cavando mi propia tumba. Pero no podía pensar en ello, no se trataba solo de mí, Diana me esperaba en casa, el único ser que me ha acompañado todo este tiempo y ha soportado mi mala conducta. Se trataba de ella, y si no llegaba antes que esa cosa hambrienta que rondaba en la niebla, estaría en terrible peligro.
     «Papá», susurraron a mi espalda y sentí cómo el sonido palideció mi piel al igual que un soplido extingue una vela. El frío poseyó mi cuerpo y desde entonces jamás lo abandonó. Giré aterrado y pude ver a distancia una sombra oscilaba hacia los lados con suma lentitud.

            —¡Tu no eres mi hijo! — grité y las palabras se extendieron por la noche en un lamento —Lo sepulté hace un año — agregué en un murmullo que solo yo pude escuchar, como si no estuviera convencido de su muerte.

     Un agudo dolor inyectaba mis articulaciones con cada leve movimiento que hacia y mis piernas con el tiempo se volvía mas pesadas, el abdomen se encontraba rígido presionando el ardor que crecía dentro de mi estomago. Luego de unos minutos milagrosamente un resplandor amarillento se comenzó a ver a través de la espesura de la niebla, formando la silueta curveada de una colina no muy alta, detrás de ella estaba la cabaña. Me apresuré para subir por ella y cuando por fin divisé el umbral un latido de dolor apuñaleo la herida y me tumbo hasta el suelo, la punzada parecía tener vida propia y se extendía por mis venas como un veneno maligno pero yo solo observaba la cabaña y lo cerca que estaba de llegar a ella, en ese momento no existía sentimiento mas doloroso que el de no terminar el sendero, aquella imagen de la cabaña se volvió encharcada por las lagrimas y solo una pregunta recorría mi mente «¿Por qué no pude ser mas fuerte?».

     Permanecí estático por unos segundos y cuando la resignación comenzaba a invadir mi mente el dolor cedió. Al momento en que pude flexionar las extremidades me levanté y continué, esta vez no presionaba la herida porque la hemorragia ya había cesado. Cuando me encontraba a solo un par de metros de la casa, Diana surgió por la puerta y corrió a toda velocidad hasta mí. Al llegar a mi regazo acaricié su brazo tibio lentamente tiñendo de rojo su pálida piel.
  
      —¡Estás ardiendo! — me expresó alarmada, se aparto de mi y observó la herida en el brazo — ¿Que te hiso esto?
        —Sinceramente, no estoy seguro cariño — le dije y formé una mueca burlona. — Tenemos que entrar.

    La halé hasta la puerta; estiré mi brazo hasta el interruptor del poste y un reflejo me hizo voltear hacia la colina, la niebla empezaba a dibujar la silueta que lánguidamente cabeceaba hacia los lados. Aquella criatura había gozado de mi sabor y ya sabía dónde encontrarme. Apagué la luz del pórtico y cerré la puerta con llave.
Atravesé cojeando la sala de la casa hacia el interruptor y dejé él cuarto en total oscuridad.
       — ¿Qué pasa allá afuera? ¿Por qué apagas las luces? — Preguntó preocupada.
      —La cosa que me hiso esto — Le mostré el brazo — está allá afuera Diana y si no hacemos algo. Si le damos la oportunidad esa cosa es capaz de matarnos—. Su mandíbula inferior se desprendió del resto de su rostro y cubrió sus labios rojos con la mano.
            — Pe... ¿Pero donde esta tu escopeta? — preguntó.
Limpié el sudor de mi frente — La perdí cuando me atacó — contesté sin poder verla a los ojos.
            — ¿Pudiste ver como era?
            —Diana, cualquier cosa que diga traerá mas preguntas y créeme, este no es el momento.
            —Pero quiero saber si se trata de un oso o…
            —No, no es un oso — intervine y comencé a proyectar la aterradora la escena en mi mente — no recuerdo muy bien pero entre el forcejeo por un instante creí que era nuestro hi…

Un fuerte golpe en la puerta principal hiso vibrar la madera polvorienta de piso y un reflejo no obligó a inclinarnos al mismo tiempo.

            — ¡Sube a la habitación y apaga las luces yo te alcanzo enseguida! — le grité en susurros.
            —No puedo — balbuceó con las manos cubriendo su boca.
            — ¡Si, si puedes! Ve, que yo buscaré algo para defendernos.

      Ella accedió a la orden y yo crucé de nuevo la oscuridad de la sala atenta de los golpes que la bestia formaba desde afuera, llegué a la cocina, golpeé el interruptor con la palma de la mano y en un parpadeo la habitación se tiñó de negro. A su vez, la luz azulada de la luna, la cual entraba por la ventanilla de la cocina se intensificó y una detestable e indomable intriga me impulsó a mirar hacia afuera. Lentamente comencé a avanzar y relajar los músculos. Llegué hasta la ventana y el resplandor lunar contrajo mi pupila. Al asomarme pude ver cómo la niebla danzaba de forma pesada y lúgubre alrededor de la casa detrás de ella comencé a observar la sombra de unas personas que se aproximaban, la esperanza comenzó a agarrar color en mi futuro hasta notar la pesadumbre y sigilo de su andar.

     El ardor en mi estomago se incrementó, caí al suelo y comencé a vomitar, cuanto terminé limpie la boca con mi mano y observe bajo el débil resplandor que surgía de la ventana los dedos manchados de sangre, abrí la llave del fregadero y me lavé horrorizado, giré presto, agarré un cuchillo de cocina que atravesaba el borde de la mesa de madera y comencé a caminar hacia la habitación, llegue a las escalera y comencé a subir sobre las rechinantes tablas de la escalera, la luz de la habitación continuaba encendida. Mi respiración se volvió tan acelerada que el oxigeno no parecía suficiente para mantenerme con vida y el miedo volvió a nublar mi mente

            —Dios, no quiero morir. No esta noche —supliqué en un susurro—.Sé que moriré, pero esta noche no. Esta noche es mía.

    Los golpes de la puesta se habían multiplicado y el estruendo dentro de la casa se convirtió por unos instantes en música de fondo para aquella pesadilla que estábamos viviendo, la mano que sostenía el cuchillo dio un vuelco y me hiso caer adolorido sobre las escalera, luego cada una de mi extremidades comenzó a hacer lo mismo y empecé a golpearme descontroladamente con los escalones, la pared y las rendijas de la escalera, todo a mi alrededor se cubrió de sangre y luego solo hubo oscuridad.

    Unos segundos después me levanté del charco de sangre que había vomitado sobre las escaleras y comencé a caminar hacia la puerta de la habitación observando todo a mi alrededor, nada se veía como antes, nada se escuchaba como antes ni tenia la esencia de antes, golpee la puerta de madera, no podía sentir mi lengua al igual que otras partes de mi cuerpo pero lo mas importante ya no había dolor, Diana abrió la puerta de par en par y me observó pasmada, mi estomago se retorcía como una criatura descontrolada llevando a mi mente solo una orden: Come.
Me lance sobre Diana, incrusté mis dientes sobre la apetitosa piel de su cuello y la arranque de un mordisco, por unos minutos sus gritos alcanzaron cada rincón de la cabaña intensificando los golpes de aquellos que intentaban entrar, pero luego calló con un ahogo y pude sentir como su corazón dejó de latir cuando trituraba uno de sus dedos con los caninos, lleve mi mano hasta la boca y saqué el anillo dorado de compromiso «hasta que la muerte nos separe» se grababa en su interior, lo tiré al suelo y seguí con mi festín.

    Luego de una hora bajé tambaleando las escaleras, toda la casa a mi alrededor se movía de un lado al otro al igual que un barco en una tormenta y me hacia golpeaba continuamente los muros, los golpes continuaban en las paredes de la casa, pero no sentía miedo ni dolor, no había alegría ni rabia, mis actos eran gobernados por el instinto y una gran parte de la conciencia había desaparecido.

    Abrí la puerta y vi el rostro cadavérico de aquel que una ves fue mi hijo, este me devolvió la mirada por unos segundo pero giró y comenzó a andar en dirección al fuerte resplandor que se percibía detrás del bosque,  juntó a él lo acompañaban otros que hacia tiempo fueron sepultados y todos comenzaron a caminar detrás de él. El pueblo estaba en fiesta y muchos borrachos tambaleaban por las calles, los jóvenes fornicaban escondidos por el bosque y los niños dormían indefensos en sus camas. Mi estomago comenzó a retorcerse de nuevo y el hambre volvió aun mas intenso, la poca cordura que tenia desapareció y comencé a caminar con el resto en dirección al pueblo acompañado de la niebla a través los arboles. Hacia nuestro gran banquete.

FIN
Noviembre 16, 2011





miércoles, 16 de noviembre de 2011





EL CAPTOR DE ESPÍRITUS
Por Leonardo Chirinos


Los chicos cruzaron la puerta poco después del mediodía. El más alto de los dos lideraba al frente, aproximándose a paso firme hacia el mostrador de madera. El otro, mucho más pequeño, le seguía tímidamente observando las pálidas fotografías de rostros vacíos y semi-sonrientes –en su mayoría niños– cuyas miradas parecían seguirle el paso en la habitación.
Cada una de las fotos que guindaban en las paredes tenía grabada la fecha en que fue tomada; algunas señalaban 1930 y 1921, pero la más antigua de todas, al parecer, era la de una joven cuya pálida piel se confundía con el blanco fondo, las pupilas de sus ojos de un negro tan pronunciado como el de su cabello recogido hacia un lado. En un extremo del marco señalaba escrito a mano la fecha: 1840.
Todas eran tan atrayentes como espeluznantes.
—Martín —rompió el silencio el más pequeño de los dos, jalando la camisa del muchacho—, este lugar no me gusta.
Martín respondió con una mirada enojada, como si estuviese a punto de golpearle. El pequeño bajó la vista sin emitir otra palabra y de inmediato volvió a observar las horrendas fotografías que los rodeaban. No se sentía cómodo dándoles la espalda.
—¡Hola! ¿Se encuentra alguien? —preguntó Martín en voz alta, estirando el cuello para mirar por la pequeña entrada detrás del mostrador. Una cortina negra le impedía observar dentro—. ¡Hola! —gritó una vez más golpeando la madera del mostrador como si se tratase de una puerta.
—Ya voy, ya voy —respondió la ronca voz de un anciano del otro lado de la cortina con un tono molesto consecuencia de la insistencia de Martín, algo que causó gracia al muchacho, quien sonrió para sí mismo.
Una manchada y arrugada mano abrió la cortina y salió una señora de mediana edad vestida de negro, sus ojos cafés anegados por las lágrimas. Tras ella, un anciano de cabello nevado y rostro surcado de arrugas la seguía lentamente.
—Que Dios lo bendiga, señor Sebastián, a usted y a su trabajo —dijo la mujer con voz quebrada, y se despidió del anciano con un caluroso abrazo.
Martín arqueó las cejas mientras contemplaba la escena. Debe tomar muy buenas fotos, pensó. Volteó hacia su compañerito y se aproximó a él.
—Qué bien, un anciano —le susurró con tono sarcástico al pequeño—. Espero que no nos lleve todo el santo día.
El niño inocente sonrió.
La mujer se separó del anciano, dedicándole una sonrisa de despedida, rodeó el mostrador y se aproximó a los chicos.
—Qué lindos niños —dijo. Se llevó un pequeño pañuelo blanco a su rostro, limpió cuidadosamente los extremos de sus hinchados ojos y luego desapareció por la puerta de salida.
—Y bien, ¿en qué puedo servirles? —los atendió el anciano, ofreciendo una afable sonrisa que pronunció las arrugas de su rostro.
Por unos instantes, ambos observaron al anciano sin emitir una palabra. Había cierto brillo en la sonrisa del viejo que los distrajo, aunque no supieron por qué.
—Mi hermano César —dijo el muchacho señalando con la cabeza al tímido niño que lo acompañaba— necesita un par de fotografías, y al parecer este es el único lugar abierto. En el resto están “almorzando” —Martín formó unas comillas con los dedos que causó gracia al anciano—, y no abrirán hasta las dos.
El anciano observó al pequeño César, quien le devolvió una tímida mirada. Volteó de nuevo hacia Martín, y esta vez su sonrisa había desaparecido.
—Lo siento, chicos, pero aquí no hacemos lo que ustedes quieren —advirtió el anciano, y Martín arrugó la frente.
—Pero si tan solo queremos un par de fotografías normales —señaló el muchacho con un ligero tono de suplica; no quería siquiera pensar en esperar hasta las dos por una par de estúpidas fotografías.
—Exacto —respondió el anciano, y se dio vuelta con la intención de desaparecer tras la cortina. El muchacho se quedó observando confundido cómo la figura del hombre se alejaba de ellos, y antes de que por fin desapareciera, reaccionó.
—¿Entonces… qué hacen aquí? —preguntó Martín, y el anciano se detuvo, como si las palabras del muchacho lo hubiesen petrificado.


12:45 hrs.

El lugar estaba hundido en un calor agobiante, un pequeño ventilador de pared giraba manando vapor en cada esquina de la habitación. El chico había formulado la pregunta del día y la reacción del anciano le aseguró algo: el viejo estaba obligado a contestar.
—Eres curioso, ¿no, Martín? —respondió el anciano, volteando hacia el muchacho, quien se mostró sorprendido.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Escuché a César hace unos minutos. Lo curioso de las cortinas es que nunca guardan secretos. ¿Quieres saber qué hacemos allá atrás? Entonces te lo diré.
El anciano relució sus dientes a los chicos una vez más. Martín y César estaban a punto de descubrir el mayor secreto de sus vidas.
—Martín, por favor, vámonos de aquí, este lugar no me gusta —rogó el pequeño César a su hermano, jalándole de nuevo la camisa. Antes de dar el tercer jalón, recordó que su hermano odiaba eso y lo soltó, pero Martín no mostró la misma reacción de hace unos minutos.
—Tranquilo, César, estás conmigo, no dejaré que te pase nada. —Las palabras tranquilizaron a César; no solo era la promesa, sino el hecho de que nunca había recibido tal gesto de protección de parte de su hermano mayor.
—Y bien, ¿qué hacen aquí? Ya que no toman fotografías… —Martín señaló irónico los fotoretratos que colgaban a su alrededor
El anciano respondió:
—Oh, sí, tomamos fotografías, pero no son fotos comunes de personas.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué fotografían?
El anciano vaciló por unos momentos pero al final respondió:
—Fotografiamos espíritus. —El rostro del vejo no mostró el mínimo gesto de burla.
—Espíritus… —le susurró el muchacho burlón—. ¡Claro, entiendo! —agregó Martín mostrándole un gesto con las manos que simulaba ponerse un cigarrillo de marihuana en la boca. Volteó y agarró a César por el brazo; éste no se resistió—. Tenía razón —añadió en voz alta mientras cruzaba la habitación de espaldas al anciano—, no es lo que buscamos.
El anciano rodeó rápido el mostrador de madera y se aproximó hacia ellos.
—No, Martín, no entiendes —dijo manteniendo cierta distancia para no asustarlos. Al escucharlo, Martín se volvió, protegiendo a César a sus espaldas—. ¿Recuerdas la mujer que estaba hace unos minutos? —preguntó el anciano—. Su esposo murió hace unos meses de cáncer de pulmón. Tiempo después del funeral ella comenzó a sentir el aroma del tabaco en su casa, aunque creyó que su mente la engañaba, hasta que los eventos fueron empeorando: todas las noches, mientras dormía, escuchaba a su difunto marido toser a sus espaldas, al igual que lo hizo durante sus últimos días. Hasta que hace una semana sucedió lo peor.
»Mientras tomaba una ducha, la viuda fue atacada violentamente por un ser invisible, era como si luchara contra el viento. “Perra, me engañaste”, le gritaba la voz de su marido. En ese momento se dio cuenta de que necesitaba ayuda urgentemente. Llegó a este lugar gracias a un amigo, me contó su situación y le tomé la fotografía hace unos días. En ella apareció su difunto marido mucho más joven, pero conservando el mismo traje con que fue sepultado; estaba a su lado y su pálida mano se postraba sobre la de ella…
—¿Y cómo demonios podría ayudarla tomando esa fotografía? —inquirió Martín con la intención de atraparlo en su propia mentira, pero el anciano contestó sin titubear.
—Ellos están atormentados debido a asuntos pendientes, algún detalle que no les deja descansar en paz. La mano del difunto estaba puesta sobre el anillo de su mujer, así que los ataques solo eran un aviso: el hombre había sido sepultado sin su anillo de bodas y ése era su tormento. La señora consiguió la manera de desenterrar a su marido y poner el anillo donde correspondía. Luego de eso, los ataques terminaron.
—Martín, quiero irme. —El pequeño César jalaba la camisa de su hermano.
Martín no volteó, tenía los ojos fijos en el anciano.
—Tenemos que irnos —dijo, y se encaminó hacia la puerta con su hermano.
El anciano no quería terminar como un lunático de nuevo, necesitaba que le creyeran. Entonces se le ocurrió una idea.
—Les tomaré una fotografía gratis de cortesía —exclamó a sus espaldas, y luego agregó—: Piénsalo, muchacho, ¿serías capaz de contarle a tus hijos que no tuviste el valor?
Martín se congeló frente a la puerta, con la mirada perdida en la escandalosa luz del día que por ella asomaba.
—Martín, vámonos —rogaba el pequeño César, pero su hermano no le prestaba atención.
El anciano dibujó una sonrisa en las sombras que ocultaban su rostro.
—Martín —rogó de nuevo César, y de pronto Martín se enfrentó al anciano.
—¿Una fotografía gratis? —preguntó con una enorme sonrisa.
—A cada uno —contestó el anciano.
—¿A cada uno? —Martín arqueó las cejas—. De acuerdo.
—¿Qué haces? —preguntó César enojado, casi a punto de llorar.
—Son solo unas fotografías, no hay nada que temer.
El anciano sonrió para sí mismo.
—Entonces puede tomar fotografías a los espíritus —corroboró el muchacho.
—Espíritus, almas, poltergeist… Incluso he podido captar un ángel —respondió el anciano con un ligero tono de emoción.
—Uau, este lugar se debe infestar de personas —señaló el joven.
—En trabajos como estos no es bueno llamar la atención —respondió el viejo—. En su mayoría, los clientes llegan por recomendación, y solo unos pocos llegan por casualidad, como pasó con ustedes. Pero al saber que no proporcionamos lo que quieren, se marchan. —Se detuvo antes de llegar a la cortina y giró de nuevo hacia los chicos diciendo—: Pero ustedes… ustedes han tenido suerte.
—No existe la suerte —dijo el muchacho.
—Tampoco la casualidad —respondió el viejo sonriente, y abrió la cortina.


13:00 hrs.

Era una habitación pequeña con cientos de fotografías grises, notas y recortes de periódicos colgando de las paredes. La impresión de los chicos los separó sin que se dieran cuenta, ya que no sabían si tener miedo; cada fotografía y recorte era tan espeluznante como atractivo. En ellos se mostraban personas comunes acompañadas por destellos de luces que parecían surgir de su pecho y espalda, fulgores que opacaban sus rostros y parecían formar siluetas de personas.
César reparó en la fotografía de una mujer mayor vestida de luto, con una oscura mirada de llanto. En sus piernas, la fotografía se difuminaba en un potente destello de luz formando la borrosa silueta de un bebé que estiraba un brazo intentando acariciar el rostro de la mujer.
Al lado de esa fotografía se encontraba la de un caballero de época con enormes y oscuros bigotes en punta. Junto a él se observaba una difusa señorita que posaba su fina mano en el hombro del sujeto.
Martín, por su parte, se había topado con la sección de los recortes de periódicos, la mayoría de los cuales eran de Francia e Italia. El muchacho no comprendía, pero observaba en la fotografía a un extravagante sujeto de abundante barba negra y sombrero de copa junto a una enorme caja fotográfica. Al encontrar uno de lo encabezados en español pudo leer: “Anónimo inventa cámara que capta espíritus”. Más adelante, se encontró con otra que parecía provenir de España; decía: “El vaticano acusa de lazos paganos a Vincent Chevalier y su espantosa maquina”. El último de los encabezados estaba en inglés, pero Martín logró traducir su significado fácilmente: “El captor de espíritus es un fraude”.
—¿Es usted? —preguntó Martín al anciano al notar que lo tenía a su espalda. El brillo de sus ojos había desaparecido.
—Era mi bisabuelo —respondió el viejo fotógrafo sin apartar la vista del sujeto que mostraba el recorte del periódico—. Él creía que esta máquina debía darse a conocer, tenía la fe de que su invento podía cambiar la manera de ver la muerte. —Bajó la cabeza y arrugó la frente—. Su peor error fue creer en la humanidad. Fue condenado a la horca por “supuestos” actos paganos. Por suerte logró entregarle la máquina a su hijo antes de ser atrapado.
El anciano se dirigió a su escritorio y de una de sus gavetas sacó un álbum de fotografías forrado en cuero negro, y mientras se aproximaba a Martín, continuó:
—Mi bisabuelo le pidió a su hijo que le tomara una fotografía horas antes de ser atrapado y condenado. —Pasó el álbum de fotografías al muchacho—. La maquina tomó esta fotografía.
Martín la observó.
En ella aparecía el mismo sujeto extravagante del periódico, con un aspecto más flaco y desaliñado. La imagen se difuminaba en una negra figura formando una cuerda que rodeaba su cuello; muy parecido a una sombra pero más pronunciada.
—¿Sabía que iba a morir en la horca? —preguntó el muchacho y el anciano negó con la cabeza.
—No, pero esperaba algo malo. Estas cosas, los espíritus, conocen el futuro —le decía el anciano mientras Martín giraba las páginas del álbum, topándose con fotografías y leyendas debajo de cada una.
Una de ellas mostraba a una mujer con una huesuda mano formada por destellos negros que tocaban su pecho justo sobre su corazón. Su leyenda decía “Paro cardiaco”. Otra mostraba un escuálido sujeto de cuya nariz parecía surgir un abultado humo negro; debajo se podía leer “Cáncer de pulmón”.
El anciano le arrebató el álbum a Martín de las manos; el muchacho no se resistió. La última fotografía que logró ver fue la de un joven con uniforme militar, con un destello que formaba una línea recta atravesándole el cuello; en su leyenda se leía “Degollado”.
Por unos minutos no se produjo ningún sonido, y el silencio comenzaba a volverse incómodo para Martín, cuando de pronto el pequeño César, al otro extremo de la habitación, lo rompió.
—¿Este señor es usted? —preguntó señalando una de las fotografías de la pared, en la cual se mostraba al anciano sentado en el mismo escritorio que los acompañaba en la habitación. Se notaba más joven, con el cabello más oscuro y ausente de arrugas, pero conservaba el mismo brillo en su mirada. La fotografía comenzaba a difuminarse desde su hombro derecho, desenfocando el resto de la imagen hasta el extremo. El borroso destello de luz blanca formaba la silueta de un niño de aproximadamente unos doce años de edad.
—Es mi hijo —respondió el anciano refiriéndose al fantasma y tomó la foto que le ofrecía César—. Murió en 1972; tenía doce años. —Se aproximó a César y lo rodeó para sentarse en la silla frente al escritorio—. Murió ahogado, cayó dentro de un pozo cuando visitábamos la granja de un amigo.
Martín se sorprendió ante el poco cuidado con que el anciano les contaba la trágica historia, pero sintió lástima por él al ver cómo ocultaba su rostro para que los chicos no vieran sus ojos anegados.
El viejo aclaró su garganta.
—Estaba fascinado con todo esto —continuó, esta vez mostrando un rostro iluminado con una sonrisa—. Tenía esa encantadora mirada que ustedes tienen ahora, esa mirada llena de curiosidad, fascinada al ver cada detalle de este mundo. —Le ofreció la fotografía a Martín y prosiguió—: Lo grandioso de esta máquina es que te demuestra que tus seres queridos jamás te abandonan.
Martín, con unos brillantes ojos, observó fijamente el rostro del niño de la fotografía y éste le devolvió una mirada tan llena de vida que lo poseyó el miedo.
—Bueno, ¡ya es hora! —les animó el anciano, mostrándoles una gran sonrisa—. ¿Quién será el primero?
—César —contestó Martín.
—¿Qué? No lo haré —respondió enojado el pequeño.
—No seas bebé.
—No soy bebé —se defendió César aún más furioso.
—Chicos, no peleen —intervino el viejo mientras se levantaba de la silla—. César, no hay de qué preocuparse, es solo una fotografía.
—No es solo una fotografía. —El tono de César era aún más alto y grosero; tenía miedo—. No soy estúpido, usted toma fotos de fantasmas.
El anciano sonrió, transmitiendo a César ese gesto de confianza que trasmitía su padre.
—No habrá ninguna fantasma. Confía en mí.
César observó detrás del anciano a Martín burlándose de su miedo, y se llenó de rabia.
—Está bien, lo haré, no seré un cobarde como él —y señaló a Martín con su pequeño dedo. Su hermano mayor arqueó las cejas admitiendo las agallas de su hermanito.
—Bien dicho —agregó el anciano mientras sacaba una película de otra de las gavetas del escritorio.
César vio en el rostro de su hermano un nuevo gesto. Esta vez no era burla, sino algo más parecido al orgullo.


13:20 hrs.

Sebastián sacó un enorme maletín café, desabrochó los extremos y lo abrió. Allí se encontraba el pesado artefacto, con el mismo aspecto que en la fotografía del periódico.
Era una caja forrada con fibra de vidrio, con una pequeña cortina negra que colgaba en uno de sus extremos. Al otro lado surgía un fuelle de cuero del color del vino tinto que permitía estirar la lente como un viejo acordeón.
El anciano levantó el aparato sin mucho esfuerzo, lo colocó sobre un atril de tres patas que había acomodado con anterioridad, y luego instaló la película al aparato.
Martín arqueó una ceja.
—Parece una máquina común —dijo—. Bueno, común para un museo de historia, pero no es algo que no haya visto antes.
—Que su aspecto no te engañe, muchacho —le respondió el anciano—. Nuestro aspecto no nos hace especiales, sino nuestros actos, y esta máquina actúa de manera única en el mundo.
Martín no contestó. Observó el trabajo del viejo y quiso ayudarlo; cruzó la habitación, alcanzó una de las sillas más altas y la colocó frente a la lente de la cámara.
—¿Aquí está bien?
—Ahí esta perfecto —le contestó el viejo, sonriente.
Después, el muchacho levantó a César y lo sentó en la silla. Lo observó a los ojos y notó su preocupación.
—Es igual que el resto de las fotografías, no te preocupes. —Se dio cuenta de que César seguía intranquilo y agregó—: Estaré junto al señor Sebastián para no arruinar la cámara con mi feo rostro.
César rió y Martín le devolvió la sonrisa.
Adoraba esos momentos con su hermano mayor, pero nunca se lo había hecho saber.
—En ningún momento te dejaré solo —le dijo Martín, y se apartó detrás de la cámara.
—Listo, César. ¡Sonríe! —exclamó el anciano, pero el pequeño no sonrió.
—¿Necesitas ver al pajarito? —se burló Martín.
—No necesito un estúpido pájaro —respondió César enojado y a continuación dio su mejor sonrisa.
El anciano disparó la fotografía. Toda la habitación se iluminó con una luz blanca muy diferente a cualquier flash que Martín hubiera visto en su vida.
El pequeño cubrió sus reducidas pupilas con su brazo derecho y las mantuvo en la oscuridad mientras dilataban de nuevo. Durante esos segundos observaba la figura circular que emanaba la luz del flash, como si hubiera quedado grabada en sus ojos y lo atormentara en las sombras de sus párpados cerrados.
Cuando volvió a abrir sus ojos se dio cuenta de que su hermano mayor ya se encontraba junto a él.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Martín.
—Sí.
—¿Ves?, te dije que no pasaría nada malo.
De pronto el pequeño César miró detrás de su hermano para ver al anciano, pero solo logró topar su mirada con la máquina. Existía algo en su silenciosa presencia que le trasmitía a César un tremendo pavor.
—¿Dónde está el señor Sebastián? —preguntó.
Martín volteó y también observó la máquina abandonada por su dueño, y cierta incomodidad se apoderó de su mente. El muchacho miró de nuevo a su hermanito.
—Debe estar en el cuarto oscuro, allí es donde revelan las fotografías.
César mostró un gesto de razón y admiración a la sabiduría de su hermano; la seguridad en sus palabras transmitía al pequeño tanta confianza…
—Tendremos que esperar.
Martín estaba sentado a un metro de la máquina captora, tratando de explorarla con la mirada. Observaba cómo se reflejaba en la lente la figura de su hermano, que se encontraba al otro lado de la habitación, justo frente a ella.
César trataba de leer el encabezado de un periódico que colgaba en la pared. Deseaba ser como su hermano, pero sus conocimientos en la lectura eran muy pobres. Después de unos segundos intentando descifrar las palabras, se aburrió y continuó viendo las imágenes.
El anciano surgió de la pequeña puerta ubicada a un extremo de la habitación. En su rostro mostraba satisfacción y en sus manos sostenía una fotografía gris. El muchacho se levantó de la silla y el pequeño también giró en dirección al anciano.
—¿Tiene algo? —preguntó Martín.
—Sí —respondió el anciano sonriente.
Ambos hermanos se aproximaron al hombre y observaron la fotografía. En ésta aparecía César con una piel en extremo pálida, como si se hubiese tomado la fotografía cincuenta años atrás. A su alrededor se observaba un resplandor que envolvía al pequeño y junto a él una figura que lo acompañaba, pero la luz lo difuminaba de tal manera que era muy difícil ver su rostro.
—¿Quién es él? —preguntó Martín.
—Creo que tienes un Ángel Guardián —respondió el anciano observando al pálido y callado César. El pequeño no contestó y sus ojos delataron temor.
—No tengas miedo —le dijo Martín—. Ese Ángel te protege de las cosas malas.
Los ojos del pequeño brillaron, y contestó:
—Para eso te tengo a ti.
Martín sonrió mostrando su blanca dentadura casi hasta las muelas, mientras el anciano los acompañaba en un dúo de dientes brillantes y conmovidos.
El viejo le entregó al pequeño la fotografía.
—Ten, es tuya.
El niño la recibió y se quedó observándola. El anciano se volvió hacia Martín y éste le devolvió la mirada.
—Entonces es tu turno.
—Eso creo —dijo Martín con un suspiro, y se sentó en la silla frente a la lente del captador, que curiosamente parecía devolverle la mirada.
Detrás de la maquina, el anciano le mostró un gesto de confianza y luego agachó la cabeza ocultándola detrás del aparato.
—Sonríe, Martín —le dijo, y el destello de luz reapareció ante sus ojos haciendo desaparecer todo lo que lo rodeaba, incluso al anciano y a César.
En ese instante Martín estaba en la oscuridad; se sintió solo y tuvo miedo. Por un instante la habitación se escuchaba como un salón lleno de personas, hombres, mujeres y niños. El murmullo lo hipnotizó, todos susurraban su nombre: Martín… Martín… se repetía una y otra vez como si lo estuvieran llamando.
—Martín. ¡Martín! —gritó el viejo agitando al muchacho por su hombro.
Éste reaccionó con un respingo, volteó y chocó su mirada con los azules ojos del viejo y el gesto de preocupación de rostro. Giró su cabeza y observó a su hermano al otro lado de él; también parecía preocupado.
—¿Estás bien muchacho? —le preguntó el anciano.
—Sí… Sí —respondió Martín confundido—. Eso… creo.
—¿Quieres un poco de agua?
—Está bien.
El anciano le pasó el vaso de cristal y los tres observaron cómo la pálida mano del muchacho hacía temblar el agua en pequeñas y continuas olas. Martín dio un sorbo y devolvió el vaso al anciano.
—Respira y relájate un poco. Ya vuelvo. —El viejo se alejó del muchacho, y al pasar junto a la máquina abrió una pequeña escotilla y sacó un humeante rollo del interior.
—¡Diablos, está frío! —exclamó pasando el rollo de una mano a la otra, y continuó el paso. Abrió la pequeña puerta detrás del escritorio y desapareció en la oscuridad de la habitación escondida.


14:00 hrs.

César no se apartaba de su hermano y a Martín ya le estaba comenzando a fastidiar. Entonces inventó una excusa para tener un poco de espacio.
—¿Quieres traerme un poco más de agua? —le dijo.
El niño asintió y se apartó hacia el escritorio donde aún estaba sudorosa la jarra de cristal. Sirvió tambaleante medio vaso de agua y volvió hasta su hermano.
—Aquí tienes —dijo mientras le entregaba el vaso con agua.
—Gracias —contestó Martín, mostrando una sonrisa a su pequeño hermano.
Aproximó el vaso a su boca y comenzó a beber. Entonces, a través del grueso y curvado cristal, observó una figura deforme que se acercaba. Bajó el vaso de inmediato y se dio cuenta de que el anciano se encontraba frente a ellos mirándolos inexpresivo. Sus ojos azules estaban encharcados y una gota de sudor bajaba por su mejilla. Tenía en sus manos la fotografía de Martín, pero se notaba su renuencia a mostrársela a los chicos.
Algo no andaba bien.
La habitación, por unos segundos, se vio invadida por un misterioso e incómodo silencio. Entonces el pequeño César preguntó:
—¿Esa es la fotografía?
El anciano dirigió su mirada hacia el niño y asintió.
—Pues déjenos verla —pidió Martín con una impaciente sonrisa. El muchacho aún se encontraba sentado junto a su hermanito.
El viejo vaciló por unos momentos, pero no contestó. Alzó la fotografía y la observó una vez más.
La sonrisa del muchacho se borró de su rostro y sus cejas se fruncieron.
—Sebastián, muéstreme la fotografía —insistió, y se levantó de la silla.
El anciano rompió en llanto, sus lágrimas deslizándose sobre los surcos de sus arrugas. Suspiró.
—No quiero —contestó como un niño pequeño.
César comenzó a asustarse.
—Hiciste una promesa, Sebastián. —Con voz temblorosa, el muchacho se aproximó al anciano y estiró la mano para recibir la fotografía—. Déjame ver.
En ese momento, la madurez de Martín sobrepasaba increíblemente la del viejo, pero su corazón estaba como el de César.
El anciano, sollozando, entregó la fotografía al muchacho, mientras se observaban fijamente el uno al otro. Luego, Martín se apartó de ambos y dio un gran suspiro. En cierta forma, ya sabía lo que vería. Sus manos temblaron incontrolablemente mientras giraba la fotografía ante sus ojos y observaba su fotoretrato.
Volvió su mirada. El anciano no lo miraba, pero su hermanito lo observaba intrigado.
—¿Qué tiene? —preguntó el pequeño César.
Martín lo observó vivamente y le mostró una sonrisa temblorosa muy parecida al orgullo.
—Cómo has crecido últimamente, hermanito —dijo. Sus ojos brillaban  resistiendo su llanto.
César se petrificó y su rostro palideció casi como el de las fotografías.
El anciano se armó de valor y lo observó a los ojos.
—Un placer haberlo conocido, señor —agregó Martín, y desapareció corriendo de la habitación.
Atravesó la oscura cortina, rodeó el mostrador de madera y salió hacia la calle. La pálida luz del día lo segó como un flash por unos segundos, y al recuperar claramente su vista se encontró caminando por la acera, escabulléndose entre un mar de personas que marchaban en sentido contrario y chocaban contra él como si fuese invisible. Nada a su alrededor parecía tener color, no había aroma, ni sonido, solo podía escuchar su agitada respiración.
De pronto, volvieron las voces que pronunciaban su nombre. “Martín… Martín…” una y otra vez.
El muchacho comenzó a correr alarmado.
Entonces, las personas que lo rodeaban comenzaron a observarlo de forma malévola y se lanzaron contra él proyectando rabia a través de golpes y rasguños. Martín luchó fuertemente, golpeando a todo el que se atreviera a tocarlo. Impactó algunos puñetazos contra ancianos, mujeres y niños pequeños para soltarse de sus garras, hasta que por fin logró ver una luz que se escabullía entre la multitud de “personas” que lo rodeaban. Se impulsó, arrastrando todo su miedo y toda su agonía, y así logró salir de la asfixiante multitud.
Entonces se encontró solo una vez más, y ahogado en miedo y lágrimas, dio un gran suspiro sin darse cuenta del sonido de la bocina que aumentaba su volumen…
El cuerpo de Martín fue arrollado por un camión lleno de personas a las catorce horas con quince minutos del catorce de marzo. Murió casi instantáneamente, y su último recuerdo fue el sabor de la sangre, el terrible dolor que sentía en todo su cuerpo y cómo lentamente desaparecía dejando un molesto hormigueo muy parecido al que queda cuando se duerme una extremidad. Y por último, cómo lo ocultaba de la luz del sol una negra cortina de donde surgió una esquelética mano que lo arrastró hasta la infinita oscuridad de la muerte…


14:16 hrs.

Una multitud de personas rodeaba el cuerpo del muchacho.
De entre ella emergió un anciano que se arrodilló a su lado y sacó del bolsillo del joven una fotografía. Se levantó observándola y la guardó en su saco para luego alejarse del lugar. Caminó varios pasos por la vacía acera de concreto con los ojos anegados y se reunió con el niño que lo aguardaba sentado en una escalera. El anciano se agachó frente a él.
—¿Estás listo para marcharnos? —le preguntó.
—Ajá —contestó el niño suspirando. Sus párpados estaban hinchados y no apartaba la mirada del suelo.
—Tu hermano te quería mucho —dijo el anciano, y el niño asintió con la cabeza.
Una ambulancia pasó a toda velocidad a sus espaldas formando una ola de viento que sacudió el saco negro del anciano. Tras ella, iba una patrulla de policía.
El círculo de personas que rodeaba al muchacho abrió el paso.
César sacó de su bolsillo su fotoretrato y observó de nuevo la silueta que lo acompañaba, su “Ángel Guardián”. Acercó más la fotografía y detalló mejor su rostro. Entonces sus ojos brillaron de sorpresa al darse cuenta de que se trataba de Martín, quien lo había acompañado todo este tiempo en la fotografía. Inmediatamente recordó las palabras de su hermano antes de tomársela: “En ningún momento te dejaré solo”.
Una sonrisa iluminó su rostro y alzó la mirada hacia el viejo. Éste le devolvió la sonrisa.
El niño se levantó de las escaleras.
—Tenemos trabajo que hacer, compañero —le dijo el anciano y César afirmó con la cabeza.
El niño tomó la mano del viejo y ambos se alejaron del lugar.


Fin
                                                                                                                                 Marzo 14, 2011



miércoles, 3 de agosto de 2011

Con aroma a vino.





    La viuda reía en el gran salón, sus carcajadas rebotaban en las paredes convirtiéndose en lamentos que paseaban por la casa. Con su pálida mano hacía girar una copa frente a sus cristalizados ojos. La aproximó a su nariz y aspiró el aroma del espeso líquido rojizo atrapado en el costoso cristal. Llevó la copa hasta sus labios y tomó de ella dejando escapar la bebida por la comisura de sus labios.  Junto a la mujer estaba el robusto cadáver de su esposo con una enorme herida en su garganta de donde manaba el espeso líquido con aroma a vino.